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BSO- BARRY LYNDON- Handel, Mozart, Vivaldi, Leonard Rosenman.


8 sobre 10

BARRY LYNDON (1975).
G.F. HANDEL, W.A. MOZART, ANTONIO VIVALDI y varios, adaptados por LEONARD ROSENMAN.


COMPOSICIÓN NO ORIGINAL DE UNA APLICACIÓN ESTRUCTURAL SOBRESALIENTE, adaptaciones de piezas tradicionales y clásicas (siempre orientadas al minimalismo) y una evolución sorprendentemente paralela a la de la vida de un protagonista que nos hará vivir, junto a la música, todo tipo de sensaciones y disfrutar multitud de acontecimientos. Detalles extraordinarios golpeados, no obstante, por una serie de elementos negativos que difuminan de forma importante el resultado final.

PARTE I.

Difícil precisar con tanto ajuste el perfil psicológico de un personaje gracias al empleo de una música milimétricamente afilada apuntando al muchacho, Redmond Barry. La primera media hora, atendiendo a la partitura (sector del filme que nos interesa), resulta de un empaste al protagonista absoluto, precisando diríamos al sentimiento humano genérico del amor. El círculo que Kubrick quiere marcar resultará proyectado por un imperturbable compás que, creando como punto inicial de la circunferencia músico-matemática el tema principal de la obra (la ‘’Sarabanda’’ de la ‘’Suite para clave en re menos HWV 437’’ de G.F. Handel) será orquestada dramáticamente para cerrar la figura con un versionado muy peculiar del mismo tema cuando el muchacho se bate en duelo y mata al odiado oponente, futuro esposo de su prima amada. Los instantes intermedios, circulando a distancias equidistantes del centro (el amor), lo van formado momentos en los que el compositor (que a continuación mencionaremos) versiona el tema tradicional irlandés ‘’Woman of Ireland’’ (Séan Ó Riada) como única melodía minimalista, repetida y hasta agotadora como reflejo del obsesivo carácter amoroso de Redmond Barry, extenuante al tiempo para él mismo.



Leonard Rosenman fue el compositor elegido por Stanley Kubrick para adaptar la partitura no original de su película y adquirir un crédito mayor en la sincronización con la imagen y ser capaz de conseguir una mayor profundidad de sentido lírico, musical y globalmente artístico usando la misma melodía adaptada a las secuencias y versionada varias veces. Rosenman no era, y nunca fue, un músico de primera línea, lo que facilitó a la partitura cierta impersonalidad que no habría logrado de haberla adaptado uno de los grandes artistas de aquel momento. En relación a la sincronización de Rosenman encontramos el primer gran punto débil de la obra: demasiadas paradas de la música en el preciso instante en que lo hacen los personajes, llegando al lugar con quien van a hablar y coincidiendo pisadas finales con notas finales. Un recurso que, empleado de forma justa y medida, habría dado buen resultado. De la misma forma, escenas enlazadas con el mismo tema musical no son, en absoluto, indicadas por éste. Aquí se nota el ‘’sello’’ Kubrick y su uso, no sincronizado muchas veces, de las piezas clásicas (como claramente ocurre en su maravillosa ‘’2001’’).

‘’Decidió nunca dejar de ser un caballero’’. Barry escapa del ejército y Mozart (la marcha de Idomeneo) aparece para ‘’salvarnos’’ del apuro del amasijo de música tradicional algo desordenado (segundo punto negativo) que acabamos de escuchar de manera continua y nada, de nuevo, medida. Pieza exquisita (la de Mozart), situada y versionada, adjunta a la marcha a caballo del joven, de manera maestra. ¿Pretende el director, con este contraste tan brutal entre la espesura anterior y esta presente elegancia, que de hecho sintamos esta sensación? Difícil de afirmar y, seguramente, fruto de la majestuosa aparición de un genio como el famoso músico austriaco. El giro musical es tan vertical como el cambio de vida del protagonista. Esplendoroso instante. No todo el acierto de este punto termina aquí: de nuevo, tras la marcha de Barry del lado de la nueva y ‘’puntual’’ mujer conocida, suena la marcha de Mozart. El joven convive durante unos días junto una bella mujer, lo cual no hace sino enardecer su dolor, su recuerdo y su amor. La partitura regresa sorprendentemente al tema de ‘’Woman of Ireland’’, directo reflejo inicial del sentimiento profundo. Mozart, como decimos, concluye con maestría esta nueva figura matemática que Kubrick crea: el triángulo formado por los dos vértices de la marcha y el tercero del tema de amor. Como podemos ver, las figuras músico-matemáticas se van generando para dar forma muy definida a la composición. No hay duda, las intenciones de Kubrick con Mozart van más allá: anuncia, desde su cambio de intenciones y deserción militar, la próxima llegada del protagonista a ambientes más nobles.



El anuncio citado es fijado por Kubrick, ahora, con una nueva pieza, ya Barry asentado fuera de toda trama militar e iniciando su trabajo como jugador en las mejores casas y cortes, junto a Chevalier de Balibari. Se trata de la elegante ‘’Cavatina’’ de ‘’El barbero de Sevilla, o la precaución inútil’’, de Giovanni Paisiello que, escuchándose por vez primera en lujosos y barrocos interiores, es seguida nuevamente por la pieza anterior de Mozart como pequeño nudo que se produce en una obra que, si bien contiene una gran variedad de registros musicales, siempre se mantienen unidos por detalles como éste o estructuras matemáticas ya dichas.

Nuevo e instantáneo giro: aparece en escena Lady Honoria Lyndon, su futura esposa, elegante, hermosa y esbelta mujer como lo es, sin duda, la figura de toda la música de Franz Schubert (‘’Piano trio nº2 in E-flat, Op. 100’’, segundo movimiento). Nos encontramos a mitad de metraje, precisamente cuando los acontecimientos más se precipitan y aparecen uno tras otro, como así lo hacen las piezas musicales.

PARTE II.

El inicio de este último fragmento de obra se centra en la melancólica y bellísima melodía de Antonio Vivaldi y su ‘’Cello concerto in E-minor’’. La partitura ha ido cambiando sutilmente de orientación desde un par de aspectos ya comentados (el mundano y el dolor de amor caracterizaban a Redmond Barry) hasta otros dos opuestos: ahora ya Barry Lyndon, su forma de vida gira bruscamente hasta convertirse él en la figura de su amada prima y su esposa, la condesa de Lyndon, en lo que él fue de joven, sufrido dolor para con una mujer que no le correspondía; por otro lado, su forma de vida ha llegado a la más alta clase social. El tema de Vivaldi representa estos dos aspectos de forma perfecta. Es tal la fuerza de esta aplicación compositiva que magnifica el sentido del filme (o, tal vez, lo aclara) hasta el ámbito puramente metafísico que nos arrastra (al tiempo, sin duda, carnalmente) hacia la belleza insondable de la condesa, que sufre y padece la soledad y el maltrato de un hombre que, inicialmente, era varón que el espectador mismo amaba y que, en este instante (y con la pieza musical como protagonista única; repito, sí: única) nos empuja hasta el rechazo de su figura opresiva y dictatorial. El tema de amor para Barry fue, si recordamos, una pieza tradicional (‘’Woman of Ireland’’), como él mismo se hacía ver; el tema de amor de la condesa es, fervientemente, de un carácter de romanticismo absoluto: para nada el sentimentalismo habitual en la raza humana; Kubrick y Vivaldi nos alzan más todavía: la soledad, el dolor, la tristeza y la desgracia como sentimientos unidos al amor (casi dos horas de metraje; la condesa tomando un baño y la pieza barroca escuchándose: nos encontramos ante el instante cumbre, musicalmente hablando, de toda la obra).



Avanza la historia y lo hace la ambición de Barry Lyndon. Ahora, en busca de título nobiliario y codeándose con las más altas esferas sociales. Aparece Schubert de nuevo y su ‘’German dance nº1 in C-Major’’, pieza alegre, elegante, finísima y burlona, como los límites que el director crea en este fragmento de historia.

Los acontecimientos van a precipitarse; el narrador lo anuncia, previo a su muestra en pantalla. Suena, nuevamente, la ‘’Sarabanda’’ de la ‘’Suite para clave en re menos HWV 437’’ de Handel, que no lo hacía desde el inicio y con la que el director iniciaba el drama completo (sin adivinarse aún) y que, escuchándose ahora, certifica la explicación ofrecida. Se cierra la historia.

¿Qué ocurre en estos momentos? ¿A qué personaje conducen Kubrick y su música, si al inicio era Barry y hasta hace nada la condesa Lyndon? El empleo de la pieza de Handel en todo el tramo final, enlazada sin duda con su uso inicial y el sentido que tuvo, nos lleva ahora a una fusión final de ambos personajes en una sola sensación, un sentimiento de piedad y tristeza etéreo, frágil y global por la desgracia humana. Recordemos cómo en el comienzo de este artículo identificamos a Handel con el dramatismo que estaba por venir. El estudioso queda perplejo cuando, un paso más por dar, escucha la versión del tema del compositor barroco que Kubrick ya usó en el duelo inicial del filme. Si la simetría, con el uso de este fragmento, ya quedaba plasmada también en su partitura (como en toda la imagen de su filmografía), el empleo de esta variación perfecciona a un nivel sobresaliente dicha característica matemática. Extraordinario.

En conclusión, obra musical variadísima estudiada y trabajada en su practicidad, como siempre en Stanley Kubrick. Partitura que recibió el Oscar a la mejor banda sonora adaptada y que, si bien es extraordinaria por sus varios matices ejemplares, queda fuertemente golpeada por otros varios altamente mejorables; no obstante, hermosa y muy conseguida aplicación.




PUNTUACIÓN: 8


Antonio Miranda. Diciembre 2016.

BSO- NYMPHOMANIAC- VARIOS.



7 sobre 10

NYMPHOMANIAC (2013).
SHOSTAKÓVICH, SAINT-SAËNS, PALESTRINA, FRANCK, BACH , WAGNER, BEETHOVEN, HANDEL, MOZART.

                El empleo de la música clásica en las obras del director Lars Von Trier no puede dejar indiferente a nadie, dada su variabilidad dentro de una aplicación cuidada y ciertamente medida. Nos encontramos ante la historia desmedida, hiriente y para muchos censurable de la vida de una joven adicta al sexo, vividora de un ámbito empírico de la existencia que se enfrenta crudamente a las barreras que una vida de tal forma, carente del idealismo o el amor (aunque resulten falsos), continuamente le impondrá. El sentido que el director ofrece puede resultar extraño, confuso y, sin duda, difícilmente explicable, mas su inserción en instantes determinados (sobre todo las piezas más importantes) delata firmemente lo que Von Trier quiere explicar. Vayamos con ello.


                La primera pieza relevante, con la que la historia ya queda enmarcada en un ambiente costumbrista pero, al tiempo, aceptado, legal, decente y hasta admirado, es el vals Nº 2 (en la ‘’Suite para orquesta variada’’) de Dimitri Shostakovich, una composición que contiene las características citadas, siempre al lado de los valses y, al tiempo, un matiz ciertamente costumbrista y social (el compositor lo creó, originalmente, para el filme del director M.K. Kalatozov ‘’The first echelon’’, película sobre la evolución e industrialización de los suelos vírgenes de la ciudad de Komsomolsk del Amur, en Rusia, y cuya aplicación en pantalla se escuchaba mientras los obreros rusos bailaban la pieza). Por tanto, importante tema que junta la  intención de Von Trier por ‘’legalizar’’ (referido a la aceptación, elegancia, educación y notoriedad social del vals como pieza musical) la vida mundana de la protagonista (el lado costumbrista de la pieza de Shostakovich). La segunda de las piezas, igualmente importante, es la ‘’Sonata para violín y piano en La mayor’’, de César Franck, reflejo absoluto de la inquietud de la protagonista al conocer el sentimiento del amor, frontal choque con su tipología de vida descuidada y despreocupada de cualquier modo de pensamiento. A la hora de metraje, todo esto que explicamos queda sellado por el empleo del tema de César Franck en dos ocasiones muy próximas (siempre recordando al amor, en la figura de su amado y perdido Jerôme) y, de inmediato, de nuevo el vals de Shostakovich cuando Joe, la protagonista, olvida el sufrimiento y regresa a su mundo y vida sexuales, como lo eran al inicio de la historia.


                ‘’Básicamente, todos estamos esperando para morir’’. Esta frase, inmersa en el capítulo en el que aparece con fuerza Johann Sebastian Bach, con su ‘’The Little Organ Book: Ich Ruf Zu Dir, Herr Jesu Christ’’, y las relaciones que en el argumento se establecen hábilmente entre la obra del compositor, su carácter divino, el intervalo musical satánico y la numerología son una red que revela el complicado matiz filosófico que realmente mantiene la historia de ‘’Nymphomaniac’’, nunca moribunda en los elementos carnales o las historias literarias que mantiene la joven Joe y sí ciertamente establecida con fuerza en el mundo de la representación y las ideas. La escena final, en la que el director (habiendo asociado cada uno de los tres personajes a las tres voces de la composición polifónica de Bach) alcanza el clímax de la primera parte de la obra y junta en pantalla, bajo el sonido de la pieza comentada, a Joe con sus tres amantes es, sencillamente, directa y genial. La exaltación del significado de las dos horas que han precedido al instante; secuencia a disfrutar.
                El segundo de los volúmenes se inicia con la presencia de varias piezas, asociadas siempre al ámbito carnal, al mundo de los deseos y las tentaciones y a la figura de la mujer como pieza central (‘’Para Elisa’’, de Beethoven; ‘’El oro del Rin’’, de Wagner), anticipando (fundamentalmente mediante las notas feroces del órgano ‘’mesiánico’’ de Bach, breves y muy directas) el mundo de las ideas, el abandono ya de su relación de amor con Jeröme y la presencia asentada del carácter satánico de la vida que va a ir tomando el devenir de la ya madura Joe, realmente matizado hacia el múltiple significado filosófico, vital y extremo de la existencia humana. A partir de las tres piezas que suenan en los minutos iniciales, la partitura clásica empleada por Von Trier desaparece. Los silencios musicales son rotundos y las secuencias masoquistas de las visitas de la mujer, intensísimas, erróneamente tratadas si hubieran sido musicadas por algún fragmento.

                A la hora del segundo volumen (tres horas de las cuatro de la cinta completa), suena una de las piezas más hermosas de la historia de la música (si no la más, a juicio de un servidor): ‘’Lascia ch’io pianga’’ (Handel). Si se conoce el inicio de ‘’Anticristo’’, también del director, sabremos la relación manifiesta del tema aplicado a la muerte (con sus matices en la historia, por supuesto). En ‘’Nymphomaniac’’, mediante una secuencia casi calcada, sucede de igual forma: Von trier, tras un minutaje extensísimo inmersos en la involución de Joe, enfrenta directamente la figura de Jeröme (el amor y la felicidad) con la de Joe mediante el peligro de muerte de su hijo mientras escuchamos la pieza. Exquisito: en verdad, la historia nos fija drásticamente el riesgo que representa la vida conteniendo la muerte; sin embargo, una muerte tal vez que serenara el ímpetu de la mujer o las nefastas lindes de la existencia. Hermosísimo momento y no menos importante en toda la historia. A los pocos minutos, la sonata de César Franck: fin (y negación) del sentimentalismo (o amor) que Joe sufre y a la que ata irremediablemente como figura existencial para ella, ideal para el resto, y que más adelante escucharemos como unión, igualmente sentimental, con la joven jugadora de baloncesto ‘’P’’. Una pésima aplicación del Réquiem de Mozart (la seriedad musical se torna instante casi ridículo al emplear la majestuosa obra, brevemente, como símbolo del intento de Joe por morir, sexualmente hablando) da paso a la parte final de la historia.


                Una forma de vida instintiva que, siendo natural y social, hiere la existencia de Joe. La social identidad herida por la social forma de relacionarse (el sexo). Una pieza, la de César Franck, tan etérea y cercana al sentimiento y otra, ‘’The Little Organ Book: Ich Ruf Zu Dir, Herr Jesu Christ’’, de J. S. Bach, mantenida en el aurea del satanismo (siempre reflejo del dolor, el mal en lo social, la rebeldía…) finalmente se enlazan en el desenlace para mostrar la muerte de Joe; su muerte social.
                En definitiva, obra notabilísima en estructura, relaciones y disposición de todas las piezas, encumbrada por la sobresaliente unión de las dos comentadas. Gran (aunque casi imperceptible, pero sí importante) error en aplicación de una obra tan suprema como el Réquiem de Mozart y aislamiento de ésta entre un gran conjunto que, sin duda, baja la impresión final aún sin pretenderlo. De todas formas, gran trabajo del director.


Antonio Miranda. Abril 2016.