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BANDA SONORA- SOLARIS- Eduard Artémiev.




 8 sobre 10



1972: Festival de Cannes: Gran Premio del Jurado, Premio FIPRESCI

SOLARIS (1972).
EDUARD ARTÉMIEV.

                La composición de Artémiev para ‘’Solaris’’ no resulta nada recomendable para escuchas sencillas, tranquilas y reposadas o carentes de inteligencia curiosa que no busque sino conocimientos escondidos o respuestas a estructuras aparentemente huecas. Aquí encontramos, sin duda, la clave a la música que el autor va a aplicar, con sumo riesgo, al filme de Andrei Tarkovsky: la inquietud del conocimiento humano es lo que lleva al conjunto de personajes a plantearse dudas y luchas internas referidas a los problemas que genera la estación espacial y el planeta Solaris. La partitura, sorprendentemente, resultará para nosotros (los oyentes o espectadores) lo que Solaris para los humanos que lo estudian. Éstos, buscando respuestas y aquéllos: unos significados que den coherencia a lo que en pantalla vemos y oímos. La congruencia existe, absolutamente, y viaja mucho más allá: inicio, versionado por el propio compositor, sobre el ‘’Preludio coral en Fa Menor’’ de Johann Sebastian Bach (que introduce la historia a nivel místico) y  conexión entre mundo físico e intelectual (o filosófico) bien personalizada en la figura de Berton y la magnífica secuencia de su viaje en coche por la ciudad en la que escuchamos, combinados, sonidos empíricos propios de lo que vemos con otros electrónicos aludiendo al pensamiento herido del propio Berton.



                Artemiev empleó para su composición el mítico y pionero sintetizador ANS, creación del inventor ruso Evgeny Murzin, en una época en la que la música de cine acogería con gran asombro y recelo obras tan extravagantes, arriesgadas e innovadoras como las del artista, precursor en aquellos años de la música electrónica en la Unión Soviética. Así lo percibimos con claridad, transcurrida una hora de metraje, cuando el investigador Kris Kelvin llega a la estación espacial. Si el autor nos dejaba claro, en el primer tercio de historia, el carácter nada melódico y sí electrónico como reflejo del mundo desconocido de la mente humana, ahora iniciará una orientación igualmente mecanizada que, con notas mantenidas y sonidos que bien pudieran confundirse con efectos sonoros, describe a la perfección la sensación claustrofóbica que padecen los protagonistas de la estación, tanto por su estancia entre estructuras metálicas irrespirables como generadas  por sus dudas y miedos. De nuevo, Artemiev funde con su música ambos mundos.




                Existe un detalle importante en relación a las notas musicales y la imagen en ‘’Solaris’’. Siendo una película cuyo emplazamiento principal es el espacio exterior, no obstante sus escenas se desarrollan en lugares interiores, de ahí el carácter sombrío, atonal y agobiante de su partitura que, sin lugar a dudas, habría caído en un profundo error de tomar un cariz más melódico y suave, como bien correspondería a su adhesión con paisajes lineales y eternos del cosmos (y como bien fue, por otro lado y adecuándose a este sentido exterior que comentamos, la música empleada en ‘’2001: una odisea en el espacio’’). Al cubrirse la mitad de la obra, una escena reveladora nos comprime la atención, prácticamente ejecutada por la música que escuchamos. Se trata de la presentación de Kris Kelvin (en escorzo) echado en su cama, cual violento aunque hierático Cristo de Mantegna (incluso con el detalle de su mano posicionándose como preparada para ser clavada en la cruz), demonizada su mente mediante un tema helador y minimalista de Artemiev que nos inyecta el pensamiento hasta herirlo y en la que aparece su amada Hari (en otra circunstancia en la nave de nuevo extraña) y que perturba progresivamente su existencia en la estación espacial. El compositor pareciera tomar la forma de una aguja infectada que va clavándose así en la mente del protagonista como en la nuestra, arrolladora y sutil.



                Pocos minutos después, y tras la explicación a Kelvin del poder que el Océano de Solaris ejerce sobre los recuerdos y sueños de los habitantes de la estación (cual Dios sobre sus creyentes), vamos dando forma a una inteligentísima y perspicaz idea de estructura que director y compositor han creado para la obra: la relación absoluta del Hombre con Dios. Y aquí, sin objeción alguna, la música juega un papel crucial. Tomamos dos partes bien diferenciadas: la obra de Bach mencionada (que adjudica al Océano de Solaris la figura de Dios como ente firme, fijo y estable) y la música opresiva de Artémiev (que ya suena siempre con sus notas mantenidas y ahogantes cuando Kris Kelvin sueña y aparece Hari, dando a dicha música la proyección de la figura de Dios hacia sus ‘’Hijos’’ como si de la religión se tratase, concepto humano que seguramente, como bien sucede con Kris, le lleva a una ruina existencial). ¿Nos encontramos, entonces, con la formación mediante la música del cuerpo de un Dios que proyecta su intención hacia sus criaturas? ¿Es el ser humano inteligente quien intenta luchar contra la religión o cualquier idea intelectual fija e inamovible que él mismo ha generado, tal como pelea Kris Kelvin en Solaris? Atendamos a la excelente filosofía, para interpretar lo comentado y más, de la secuencia de los tres científicos y Hari en la biblioteca.
                El argumento y su ideología avanzan firmes y presenciamos, pasadas las dos horas de metraje y acercándose el final, una escena de interpretación exquisita, emoción máxima y ejemplo primero de la función, intención y forma de la partitura de Artémiev en ‘’Solaris’’: el compositor no necesita más que mantener un par de líneas durante toda la secuencia y crear la angustia precisa sin estorbar el dramático cuadro de los actores durante la resurrección de Hari. La música, en ‘’Solaris’’, es un segundo plano con una fuerza exquisita sobre lo que ocurre y, siendo así, tiene la capacidad de pegarse y dar forma a ese concepto de Idea, Dios o Religión (o angustia por vivir).




                El final ratifica la tesis planteada y rubrica la existencia oprimida de Kelvin mediante las dos vertientes de la partitura ya planteadas: se escucha el órgano del tema principal del filme como reflejo del poder y divinidad del Océano (donde terminará su vida) y durante la secuencia última, en que aparece el protagonista y su padre en la isla formada en Solaris, suenan las notas asfixiantes de Artémiev como simbología de la influencia de esa Idea divina sobre la raza humana. Concluyendo, una obra de carácter místico, experimental y arriesgada en la que el compositor opta por una postura de símbolos descriptivos de principio a fin. La valía de la composición, como trabajo puro en sí, pierde fuerza con la presencia de la obra de J.S Bach como tema principal, aunque el filme como tal no padezca esta influencia, por supuesto. Sin duda, un artista de la talla de Eduard Artémiev habría sido capaz de componer un motivo relevante y potente que hubiera hecho idéntica función que la del clásico del genio alemán, creciendo así, indudablemente, en presencia y cuerpo propio. El gusto del gran director ruso por la música clásica lo impidió. No obstante, importantísima creación para la eterna filosofía cinematográfica de ‘’Solaris’’.



ESCÚCHALA SI...: te gustan las obras inteligentes y la música estudiada.

NO LA ESCUCHES SI...: el minimalismo electrónico no te convence o las atmósferas poco comerciales son un mal para ti.

RECOMENDACIÓN END TITLES: no huyas de ella.

OTRAS OBRAS DEL AUTOR: ''Stalker'', ''El espejo''.

PUNTUACIÓN: 8


Antonio Miranda. Noviembre 2015.



STALKER- Edward Artémiev/Andrei Tarkovsky


7 sobre 10


STALKER (1979).
EDUARD ARTÉMIEV.


Andrei Tarkovsky, el genial director ruso de ‘’Stalker’’, nunca fue partidario de narrar o describir sus imágenes con música original. Si lo hacía (que poco también gustaba de ello) era con partituras más sonoras que musicales y, sobretodo, con piezas clásicas. El carácter artístico que éstas le otorgan al cine, para el director, era mucho más fuerte que cualquier obra compuesta en exclusividad para las escenas. Este aspecto debemos tenerlo muy presente en el estudio sobre la música en ‘’Stalker’’.

Cualquier amante del arte profundo e intelectual quedará prendado de la creación que nos ocupa. Su intensidad, su estructura…y su música. El inicio es de una doble intención provocada que sorprenderá a quien piense lo que oye. En esta película es fundamental el sonido como elemento global y una muestra de ello es la composición que Eduard Artémiev crea para los títulos de crédito iniciales. No podríamos considerarla como tema musical en sí (yéndonos a extremos, igualmente la partitura completa); es una instrumentación voluntaria del sonido que surgirá en la escena primera, el cual, absolutamente, se convierte en la filosofía intelectual del inicio, presentándonos lo que está por llegar. Pausa, lentitud y casi delirio absoluto y exquisito. Suena agua, suena viento, suena el pasar de un tren y todo ello nos inquieta y nos calma al unísono. Los mismos sonidos que escucharemos en las imágenes iniciales aparecen en las notas de Artémiev de los títulos de inicio en forma de música sintetizada, sencilla y retro y que simulan y metaforizan los inmediatos de la escena inicial de la cama (las gotas que se escucharán lo hacen ahora por medio de líneas de sintetizador moduladas sin prejuicio o, incluso, matizadas y resumidas de forma clarísima al aparecer el título de la película). Sólo los vientos nos sacan del éxtasis y acercan ligeramente a la realidad, dos conceptos claramente presentes en la película.




                La segunda aparición del compositor ruso, meditadas las contadas intervenciones por parte del director (el cual desechó gran cantidad de la música compuesta para la historia), se produce pasada media hora, cuando los tres individuos viajan en vagoneta hacia La Zona. Hasta el momento sólo han estado presentes los marcados y voluminosos efectos sonoros, todos ellos precedidos del comentado tema inicial de Artémiev. Ahora se funden ambos conceptos (efectos y música). El compositor se deja ver con una drástica nota de sintetizador, aparentemente aislada, pero que realmente se fusiona con el sonido de la vagoneta al circular, creándose una base rítmica y metálica constante que abraza al resto de la música. En escasísimas ocasiones, dentro del séptimo arte, la relación música-efectos de sonido-contenido ha tenido tanta importancia.

               

              Las modulaciones, como recurso en la música electrónica, nunca resultaron algo programado y sí claramente ocasional. El compositor, no obstante, opta por ello y abusa de una manera descarada de un medio (que no recurso) mediante el cual lo impregna todo de una distinción trascendental máxima. En el tema que nos ocupa, el viaje en  vagoneta, Artémiev juguetea con la base rítmica mencionada y escondidos toques de batería y hay momentos en los que, astutamente, desajusta los tiempos marcados por el pequeño vagón y los instrumentos, como queriendo señalar que no acude a la perfección, al canon, a la regla y creencia y sí al ligero caos, tal vez intelectual y vital…, y al instante vuelve al previo orden musical. Interesantísima escena, importante atendiendo a los silencios de los personajes y, desde nuestro ámbito, musicalmente riquísima. Momento clave para entender el sentido de la partitura.


                A partir de aquí la música brota (como el ramaje natural) en un par de ocasiones y una tercera, de la misma manera fundamental para entender el entramado artístico desde el punto de vista musical como lo fue la antes tratada, en la que las modulaciones siguen y el ambiente de trance crece reflejado por los sonidos y el viento instrumental, que parecen ser la voz de La Zona. Se trata del discurso del stalker cuando su amigo regresa del fallido intento inicial por avanzar él solo. Ya tenemos un matiz fijado que refleja directamente su concepto, el de La Zona como tal, algo etéreo, confuso, idealizado y misterioso. Así nos lo comunica el compositor y de tal forma que nos damos cuenta de un detalle peculiar: la totalidad de los temas del texto están mantenidos por una sola nota, alrededor de la cual gira el trabajo compositivo de Artémiev y con el que equilibra las dos caras del famoso espacio tratado (la natural y la intelectual; la abrumadora y sorprendentemente fusionada situación del determinismo, con la que el stalker actúa, y el relativismo, con el que el stalker filosofa). El guía inicia sus palabras sobre la trascendencia de La Zona trasladando su importancia al acto de los hombres; al tiempo suena Artémiev, cuyas notas nada tienen que ver con el discurso. Es el inicio de esa lucha que mantiene el Hombre (palabras del stalker) contra La Zona (música del compositor). Ambos conceptos, en esta secuencia, se enfrentan con fuerza.

A lo largo de pequeños momentos durante la segunda mitad del metraje, Artémiev introduce los coros sintetizados, una percepción de graves que señala, durante los diálogos filosóficos, la constante presencia de La Zona. Poco después los une al resto de los sonidos antes mencionados para completar, progresivamente, la estructura final, densa y compacta del tema musical principal: una base de graves fuerte que sujeta los pads sintetizados sobre los que revolotea el carácter oriental de la melodía oscura de los vientos instrumentales. Este sentido oriental que adquiere el tema de La Zona es, únicamente, el reflejo de su carácter: enigmático, delirante, filosófico. Como dijimos: el auténtico trance o dilema de la existencia.


 

‘’La música: ella tiene muy poca relación con la realidad…’’. Nuevo discurso y unas palabras muy clarificadoras del papel que las melodías tienen en el filme. Lo dice el stalker, apoya con ellas lo que hemos comentado. Las notas, en esta película, no reflejan la realidad, sintetizan e intentan describir lo que no lo es, es decir, La Zona. Desde el viaje en vagoneta, cuando se fusionaron con los efectos de sonido, la partitura en sí es un reflejo de la ‘’otra vida’’, del intelecto, de la suposición, de la creencia…todo ello alejado de la realidad, a la cual muestran sin tapujos los continuos efectos sonoros (el viento, las continuas gotas de agua, los pájaros, las ranas, el cuco…).

En la parte final, la partitura desaparece, no hace falta, el discurso se convierte, si cabe, en algo tan fuerte que nada debe turbarlo; los protagonistas ya no se encuentran en el entorno natural que provoca dudas y diatribas ante lo que se ve y se cree. Ahora están en el corazón de La Zona y la música, fiel referente de ella, no es necesaria. Este es el claro ejemplo del uso pragmático de la música en ‘’Stalker’’.

Concluyendo: la banda sonora de Artémiev no alcanza niveles máximos dentro del medio compositivo y puramente musical (tampoco lo pretende) y se limita sencillamente a formar parte de un estudiadísimo entramado de efectos de sonido. Su intención llega al sobresaliente, sin lugar a dudas; como partitura, evidentemente, baja el nivel (repito, nunca se pretendió lo contrario). Como obra global, a mi entender, la música de una película debe valorarse en todos sus ámbitos: intencional y musical.


  




ESCÚCHALA SI...: te interesa adentrarte en un mundo meditativo y filosófico profundo, incluso escuchando música.

NO LA ESCUCHES SI...: tienes intención de relajarte. Texturas suaves e inquietantes, pero perderás el tiempo si las empleas para otra cosa que no sea algo trascendental.

RECOMENDACIÓN END TITLES: no la pierdas de vista.

OTRAS OBRAS RECOMENDADAS DEL AUTOR: ''Solaris'', ''El espejo''.

PUNTUACIÓN: 7

Antonio Miranda. Mayo 2014.