Tropiezo en la misma piedra; no obstante, partitura bien creada. Aquí paramos, nada más. Una obra formalmente notable y, en conjunto, muy débil. Referencias sin fin a su obra pasada, Danny Elfman se limita a crear sensaciones a las imágenes y un repertorio de melodías, conceptos y estructuras que nos hacen pensar una y otra vez en 'Eduardo Manostijeras', evidentemente no consiguiendo la magna obra referida y, sin duda, desnaturalizando y evitando la personalidad de 'Dumbo'. Recomendable para iniciados en la música de cine y dadora de nada al resto.
Puntuación: 5
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THOMAS NEWMAN- THE HIGHWAYMEN
Tropiezo (también) en la misma piedra. Los formalismos de Newman siempre son excepcionales y la interpretación, admirable. La unión con la imagen, siempre notable; no obstante, nada nuevo en esta composición que si se tratara de sus comienzos, seguramente llamaría la atención de manera poderosa. No encontramos temas pausados deliciosos ni sobresaltos que hagan de la inquietud una característica a destacar. Demasiado lineal. Demasiado lo mismo. Demasiada neutralidad.
Puntuación: 5
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CARTER BURWELL- MISSING LINK
Trabajo muy serio del autor, uno de los compositores más complejos y complicados para escuchar, no apto para principiantes y de los menos reconocidos, sin duda. La obra de Burwell en los últimos años es extraordinaria y al nivel de los más grandes. Nada comercial, en esta partitura sigue su línea y, si cabe, ahonda más en la creación de una melodía no melódica. Burwell no emplea un tema principal llamativo ni sentimental y sí un sentimentalismo culto que elabora con un conjunto de notas y temas no atonales pero sí lejos de cualquier matiz fácil y comercial. Notable. La joya de un genio.
Película
interesantísima, atractiva en matices abstractos, a veces absurda y otras
irritante. Las vivencias de un niño desobediente que escapa de casa y conoce a
un grupo de monstruos descontrolados, como él.
Banda
sonora estropeada por Karen O, encargada del apartado de canciones, en
detrimento de un concepto e impresión globales que habrían sido excelentes. El
director, literalmente, tiene la culpa. No la sitúo, pese a ser cierto, en los
créditos de la partitura.
La
tipología de filmes que vemos y la impresión e interpretación que tenemos de
ellas representa, sin duda, un hecho subjetivo. Habrá a quien le encante el
matiz ‘aéreo’, ‘libre’ y ‘optimista’ que en exceso le otorga haber incrustado
canciones de pop alternativo en el argumento. Personalmente, y sopesando lo que
es y lo que pudo ser, me parece uno de los mayores errores en cuanto a
interpretación musical que un director jamás haya llevado a cabo.
La
líder de la banda indie rock, junto a sus invitados musicales, aparece
incrustada como si la luz fuera la vida, como si el dolor no existiera y ningún
sentido real y transcendental de la historia del pequeño, irritado con la vida
de los adultos y obsesionado con la suya, fuera importante. El empleo de estas irritantes
canciones es irritante.
Carter
Burwell camina tranquilo por sus nociones de inteligencia musical. Su muestra
de conocimiento es tremenda en cada banda sonora y aquí, no menos; no obstante,
Spike Jonze (el director) se lo pisotea sin pretenderlo. La extrañeza del filme
es la extrañeza de Burwell. Los momentos frenéticos de vivencias y diversión
son como pegotes impostados que la música de Karen Otransforma en malos cuando el primero podría
haberlos matizado en el contexto, fundiéndolos con el entendimiento total. Sin
duda, un alarde de querer entretener en un filme que sería delicioso si
produjera todo el rato lo contrario: ‘aburrir’
No obstante
todo lo anterior, obra recomendable y un detalle que ningún estudioso de cine
debería perderse: Burwell argumenta el final. El poder del músico sobre la
imagen es tan abrumador que él mismo genera el sentimiento al espectador: sin
alardes, sin filigranas, sin agobios, con delicadeza, sin perfecciones y con un
poder controlado digno de admirar. De los finales más controlados y más
logrados de los últimos años en cualquier partitura para cine. Maravilloso.
Partitura que corona a una producción ‘’stop
motion’’ verdaderamente inigualable.
Hemos
de orientar el estudio de la música global de Burwell hacia terrenos nada
fáciles, nunca evidentes y siempre ocultando una estructura de aplicación a la
historia verdaderamente encomiable, con un valor sobresaliente al tratarse de
partituras de una calidad máxima y siempre manteniéndose en un humilde segundo
plano en pantalla, pero con ese sentido evidente y un significado
importantísimo para llegar a comprender, en su totalidad, las películas a las
que aplica sus composiciones. Así ocurre en la presente obra, con un inicio
repleto de silencios y con momentos ‘’musicados’’ de matices inquietantes, como
lo es lo que va ocurriendo con el protagonista, un hombre serio, profesional y ‘’muerto’’
para la vida. Tan extrañas son las voces de la gente a su alrededor (todas
iguales, de tono masculino aún tratándose de mujeres) como su actitud o sus
conversaciones y, por supuesto, la música. Burwell aplica unos
fragmentos confusos, geniales, cambiantes en tonos, ritmos y estilos (desde
jazz a tango, pasando por sencillas descripciones) y que generan confusión en
el espectador, tanta como para llegar a una de las secuencias más exquisitas
(de muchas que hay) y sentir algo extraño; no saber, tal vez, qué es (o sí…);
darse uno cuenta o percibir la sensación sin descifrarla: Michael Stone,
envuelto por la desazón y el sopor vital, conoce a Lisa Hesselman. La voz de
ésta, sorprendentemente, es femenina, hermosa y sensual y su escucha causa un
frontal choque tanto en el espectador (acostumbrado a las voces masculinas
todas iguales) como en el propio Michael Stone, que drásticamente se enamora de
la joven. Burwell ofrece un aderezo tan exquisito y sutil que, cuando uno ve la
película atentamente, queda prendado de hipnotismo ignorado o, en su caso,
enfervorizado por el matiz del compositor: el tono, hasta ahora, triste e
inquietante de la música sufre un cambio como lo es la escena misma y la
partitura vuela inteligente y casi sin darnos cuenta hacia unas melódicas
formas, elegantes y optimistas justo en el instante en que Lisa habla.
Concebida
inicialmente como proyecto teatral, en el que también participaba el
compositor, ‘’Anomalisa’’ nos muestra siempre este lado artístico, nunca lo
abandona durante la hora y media de duración y podría dividirse en actos bien
clarificados en los que la música, sin tapujos, voltea sentimientos, convierte
secuencias en sensaciones fortísimas y controla, en resumen, un ir y venir
tremendo de todo tipo de momentos, aún sin aparentarlos la obra, envuelta en
pausa, diálogos y análisis lingüísticos. El ejemplo más dictado de toda esta
amalgama de consideraciones se inicia cuando ambos protagonistas deciden tomar
una última copa en la habitación del hotel donde él se hospeda. Pocas veces, en
los últimos años, una partitura habrá tomado el mando durante un buen número de
minutos y, sin prejuicios (y siempre de forma elegante y tratada), condicionado
de manera radical lo que ocurre y lo que se piensa: la ternura que Burwell
imprime a la secuencia, a los diálogos y al acto sexual de los enamorados es,
simplemente, asombrosa. Nos encontramos en la parte firme y
fundamental de una obra que pronto cambiará. Los fragmentos se convierten en
absoluta delicadeza y llegan a introducirse en el interior de él y de ella, de
aquél como elemento que cuida y de ésta como elemento cuidado. Hemos pasado,
hasta ahora, por la incertidumbre, el optimismo y la ternura de una forma
directa y, al tiempo, delicada. Estamos a escasos minutos de otro matiz
interesantísimo que voltea, como lo hace la vida al propio Michael, la
vitalidad hacia el hastío: Lisa va cambiando su voz, paulatinamente
transformándose en otra vez común a la de todos y todo. Michael no sufre el
desamor, padece su realidad existencial, que no es otra que la auténtica
incomprensión por la gente y por lo que le rodea, como así muestra la música
que escuchamos en la secuencia, una mezcla magistral del total conjunto
acontecido hasta ahora, intensa combinación de la partitura inicial con la
posterior para llegar a un desenlace inmejorable que
las notas graves se encargarán de dar una forma final de desolación, tristeza y
dolor con las que se cierra la obra. Un pequeño e interesante detalle: Burwell introduce, prácticamente fuera de partitura, unos etéreos pads que se diluyen entre los diálogos y pensamientos de Stone cuando su desazón va creciendo.
.
Concluyendo,
una nueva joya a disfrutar de Carter Burwell que completa elegantemente, en
forma de minimalismo de cámara, una película ejemplar para las minorías más
exigentes. Sin duda, de fundamental visionado y altísimo nivel.
A TENER EN CUENTA: los diálogos que
contiene la edición en cd tapan la función y significado de la música y
poder apreciarla en su pureza. No obstante, la original concepción teatral de
la obra justifica la intención de los productores al ser, literalmente, un
teatro escuchado en cd.
2015: Festival de Cannes: Mejor actriz (Rooney Mara)
CAROL (2015).
CARTER BURWELL.
La música del Romanticismo. Un inicio exquisito, elegante y que vive de su propia calidad adherido
absolutamente a unas imágenes mediante el tema principal de la historia y una secuencia primera de una intimista fuerza que guiará, ella
sola, al resto del argumento, con Therese marchando en taxi, mirando al pasado
(que parece el presente en ese inicio de filme) y que, al final de la historia,
nos devolverá, con todo, el sentido de lo que ya ha sucedido.
La
sensación minimalista de la obra, que nos transmiten sus temas delicados y casi
de orquesta de cámara, se proyecta a su estructura de situación en la película.
Los detalles del compositor en ella son habilísimos. Jamás eleva el tierno tono
lineal del que el director dota a su obra global, una forma inteligente de
tratar un tema ciertamente complejo (la homosexualidad) pero que, no obstante,
transforma en el concepto del Romanticismo, alejándose tremendamente de un
sentimentalismo fácil, habitual y social.
La
música de ‘’Carol’’ es la música de un amargo sufrimiento existencial por el
constante y aparatoso dolor al que el verdadero Amor (el auténtico
Romanticismo) nos conduce, víctimas todos del constante ir y venir de la vida.
Así actúa Burwell en su partitura, alcanzando el máximo punto durante la expresividad, narración y apoyo de las dos secuencias íntimas de las protagonistas, tratadas detalladamente mediante variaciones que fijan cada instante donde debe estar, comenzando el primero con un tono optimista y el segundo, tras la tragedia que se avecina y ya descubierta, con las notas rasgadas de la viola y la melodía principal como lamento de los violonchelos.
En
definitiva, nos encontramos ante una creación de riqueza indudable en un
artista que, con el paso de los años, se convierte en maestro del intimismo y
en uno de los referentes obligados en la música de cine actual como arte
minoritario (afortunadamente). Imprescindible.
A TENER EN CUENTA: el estudio detallado y
su aplicación estructural en pantalla son de una riqueza máxima, llegando a
conseguir detalles tan grandes como pequeña es su percepción, algo que
engrandece de forma sobresaliente la función de una partitura en su película
para no situarse en un peligroso primer plano.