Nolan ha descubierto en Göransson la horma de su zapato; tras sus colaboraciones con Hans Zimmer, el entramado cognitivo de sus ideas ha colapsado y se ha fusionado con el compositor sueco, iniciándose una época de dulces trabajos, todos ellos rozando el histrionismo.
Nos encontramos, por tanto, ante una partitura sinuosa, compleja y en absoluto comercial. Los amantes de las percusiones y las composiciones atonales disfrutarán. Si eres un joven aficionado a la música de cine, tal vez este no es tu lugar, que sin duda llegará.
Una producción pegada a la historia, sin pretensiones de apariencias formales: oscura, profunda y estudiada.
Absoluta obra maestra, como filme y como partitura.
Nos encontramos ante un trabajo sobresaliente de director y compositor y en la que Mansell, que elabora una música histriónica de forma relativamente prudente —al contrario que su obra maestra, hilarante e imprudente: Réquiem por un sueño—, se mantiene a la expectativa de un hilo argumental que Aronofsky hila con gran maestría.
La obra retrata lo que todos podemos llegar a padecer, en estos días en los que la salud mental está tan en alza: los miedos, los padecimientos, las neurosis en extremo o las inquietudes de la lógica convivencia social.
Director y compositor tejen un entramado que sobrepasa la realidad y nos lleva, a través del mundo del ballet, hasta lo más interno de la mente individual.
Adaptaciones del ballet de El Lago de los Cisnes, de Tchaikovsky, y una partitura original muy propia de Mansell que no desentona con el clasicismo del ballet.
Personalmente, cuando el entusiasmo despega su vuelo ante la llegada de una nueva composición de uno de los mejores músicos de la actualidad, la energía vital y artística explotan con cada avance y detalle de John Powell; como digo, un artista inigualable.
La partitura actual se adentra en unas idas y venidas de genialidad como pocos alcanzan hoy día en la música de cine y, sin duda, en el arte en general. Un inicio de obra mediante las bromas dialogantes del jazz nos dejará la capa extendida para la entrada completa de la bestia para con sus consideraciones hacia la obra global: una película activa y desenfrenada, como la música.
John Powell nos dedica momentos de una claridad asombrosa, de una mezcla de instrumentación poderosísima y la demostración que lo que él hace quizás uno o dos compositores, a lo sumo, también hoy día lo harían; y lo que otros hacen, Powell podría ejecutarlo con sencillez.
Minions & Monsters salta feroz hasta la posibilidad de incluirse dentro de la
Saliendo de la colectividad de Hans Zimmer en el pasado, sería complicado colocar al genio de John por encima de Hans; ahora bien, igualmente complicado situarlo por debajo. Y, sin duda, en rendimiento actual, muy por encima.
John Powell significa: SOBRESALIENTE siempre.
Y, por favor, túmbate al tenue sol de la mañana y escucha con tus auriculares esta obra maestra contradiciendo a aquellos gurús que personifican la creída y falsa excelencia de sus palabras y que afirman que una banda sonora no es nada si no se relaciona con las imágenes; sin duda, estas opiniones cortan de raíz una de las posibilidades más maravillosas de la música de cine: su independencia.