Absoluta obra maestra, como filme y como partitura.
Nos encontramos ante un trabajo sobresaliente de director y compositor y en la que Mansell, que elabora una música histriónica de forma relativamente prudente —al contrario que su obra maestra, hilarante e imprudente: Réquiem por un sueño—, se mantiene a la expectativa de un hilo argumental que Aronofsky hila con gran maestría.
La obra retrata lo que todos podemos llegar a padecer, en estos días en los que la salud mental está tan en alza: los miedos, los padecimientos, las neurosis en extremo o las inquietudes de la lógica convivencia social.
Director y compositor tejen un entramado que sobrepasa la realidad y nos lleva, a través del mundo del ballet, hasta lo más interno de la mente individual.
Adaptaciones del ballet de El Lago de los Cisnes, de Tchaikovsky, y una partitura original muy propia de Mansell que no desentona con el clasicismo del ballet.
Personalmente, cuando el entusiasmo despega su vuelo ante la llegada de una nueva composición de uno de los mejores músicos de la actualidad, la energía vital y artística explotan con cada avance y detalle de John Powell; como digo, un artista inigualable.
La partitura actual se adentra en unas idas y venidas de genialidad como pocos alcanzan hoy día en la música de cine y, sin duda, en el arte en general. Un inicio de obra mediante las bromas dialogantes del jazz nos dejará la capa extendida para la entrada completa de la bestia para con sus consideraciones hacia la obra global: una película activa y desenfrenada, como la música.
John Powell nos dedica momentos de una claridad asombrosa, de una mezcla de instrumentación poderosísima y la demostración que lo que él hace quizás uno o dos compositores, a lo sumo, también hoy día lo harían; y lo que otros hacen, Powell podría ejecutarlo con sencillez.
Minions & Monsters salta feroz hasta la posibilidad de incluirse dentro de la
Saliendo de la colectividad de Hans Zimmer en el pasado, sería complicado colocar al genio de John por encima de Hans; ahora bien, igualmente complicado situarlo por debajo. Y, sin duda, en rendimiento actual, muy por encima.
John Powell significa: SOBRESALIENTE siempre.
Y, por favor, túmbate al tenue sol de la mañana y escucha con tus auriculares esta obra maestra contradiciendo a aquellos gurús que personifican la creída y falsa excelencia de sus palabras y que afirman que una banda sonora no es nada si no se relaciona con las imágenes; sin duda, estas opiniones cortan de raíz una de las posibilidades más maravillosas de la música de cine: su independencia.
Nueva y esperadísima obra del maestro de maestros, del artista capaz de configurar un estilo y una elevadísima disposición como para considerarle entre los grandes de la historia de la música.
Leí hace poco que Williams compone y dispone, pero no podría decirse que haya creado o innovado; no obstante, me atrevo a contradecir dicho argumento asintiendo respecto a las influencias adheridas a su música, pero contundentemente afirmando que la fabricacion de un entramado estilístico único, la disponibilidad de sus engranajes principales como obras universales y conocidas por todos o un cuerpo de partitura capaz de representar en sonidos el pensamiento arborescente de una mente prodigiosa —encarnado en la acentuación asimétrica—; todas estas cualidades entran a formar la figura indiscutible de un músico elegido por la universalidad.
Flexibilidad matemática: Williams calcula los acentos asimétricos para que coincidan milimétricamente con cortes de cámara, explosiones o cambios de mirada en la pantalla.
Williams logra que estos ritmos violentos e impredecibles coexistan con motivos melódicos (leitmotivs) que la audiencia puede recordar y tararear al salir del cine.
La música del siglo XX (como la de Bartók o Stravinski) a menudo pierde la tonalidad y se vuelve extremadamente difícil de digerir para el público general.
La presente obra se mantiene en un ámbito prudente y frío, dentro de la oscuridad de sus notas y temas, pero a un lado de esa faceta comercial o admirable que siempre el genio estadounidense saca de sus composiciones. Recordando ambientes de la prodigiosa e infravalorada "SLEEPERS" o navegando por el mar de las atmósferas de "INTELIGENCIA ARTIFICIAL" o "La Guerra de los Mundos", Williams nos empuja a una figura descriptiva absoluta de la historia: la música al servicio de la imagen, más que nunca.
John Williams parece dictar: déjenme disfrutar de la composición de una acción medida. Las secuencias activas rebosan estudio. Williams no necesita presentarnos su eternos métodos de composición de secuencias rápidas, inalcanzables para cualquie compositor. Se supedita nuevamente a la imagen y se dispone a crear tensión, más que dinamismo.
Una obra compleja, sin duda difícil para cualquier amante de lo comercial y dispuesta para que los aficionados al arte nos adentremos en sus misterios.
Ahora bien, asentando el análisis en lo escrito al inicio, me atrevo a comentar: ¿por qué John Williams no ha escalado hasta la cima y ha aplicado su técnica atonal y contemporánea de música clásica a una entera película de cine actual? Sin duda, este habría sido el hito más importante, brusco y rompedor de su carrera...
Nos encontramos ante una obra que quiere, pero no puede; que intenta fabricar una gran historia, una gran cinta, pero se queda sin argumentos por momentos: ligeramente insustancial, incluso tediosa, en su parte inicial y únicamente arrolladora en los fragmentos heroicos del soldado. Eso sí, con unos grandilocuentos efectos especiales, seña de identidad del director, y una fotografía notable.
Partitura poco ambiciosa y de uno de los conformismos más evidentes y flagrantes de la música de cine: es triste cómo algo de fondo se cuece cuando percibes en el compositor las tesis y las orientaciones del Gibson de otros filmes, de sus grandes obras, evidentemente donde Gregson-Williams no colaboraba. Un ligero final pacientemente compuesto, con grandilocuencia simple, cumple con la nota; no obstante, elección del compositor muy por debajo de lo que es la producción.
En definitiva, ejemplo claro de lo que es una película hundida por su música.
Una partitura que quiere, que pretende y que se queda...
Una película que quiere, que pretende y que se queda...
Una obra, en general, que pretende, que quiere, que tiene una forma y una presencia muy atractivas y que, finalmente, y casi en todas sus facetas, se queda en un intento cercano por sobresalir.
En definitiva, una obra de Ross con fuerza, con personalidad pero sin más allá que un mero trámite comercial entre otras magníficas obras que el autor, en cooperación con su compañero Atticus Ross, nos ha ofrecido durante los últimos años.
Nos encontramos ante una obra oscura, distópica, azorada a su vez por una no menos abrupta banda sonora en la que el genio compositor de 'El Señor de los Anillos' nos deleita con una mezcla de música de cámara y sintetizadores y tambaleada, igualmente, por el complejo devenir de un significado escondido y turbador.
Tanto historia como música juegan un papel de mutua sensación de extrañeza y una evolución que termina por fusionarlas en una mezcolanza idéntica a la que Shore presenta en su partitura.
En definitiva, una colaboración clásica de director y compositor que nos retrotrae a sus grandes obras del pasado.
Producción no apta para conformistas, tanto en lo que se refiere a la historia como a la música. Un entendimiento exclusivo de ambas partes para poderlas disfrutar y sacar deducciones e interpretaciones personales a una propuesta arriesgada, confusa e inquietante.
Una banda sonora de matices histriónicos que no será del gusto de los principiantes, por momentos pausada y en otros alterando la situación que lo requiere, siempre en su momento adecuado y sin alardes, algo complicado de conseguir con partituras y películas de este tipo.
Clásico del cine de terror y ciencia ficción, una película de culto de la que no has de prescindir y de la que aprenderás a ver cine, a escuchar cine, a disfrutar de un compositor que se adapta a la historia y la cuenta de una manera prudente y sencilla, tal como un genio puede abordar la prudencia y la sencillez.
Una producción inquietante como lo es la partitura, sintetizada y oscura, como era Shore en sus inicios.
Producción interesante, notable, de una historia real con una partitura que se queda realmente detrás de lo que pudo ser un tratamiento impactante de unos sucesos y una fotografía que dan pie a ello; no obstante, el compositor únicamente adquiere un protagonismo llamativo al final de la obra.
Partitura lineal, pobre en transmitir y algo deficiente en composición durante los tres primeros cuartos de la obra. Una lástima, teniendo en cuenta el potencial global de la película.
Una de las mejores bandas sonoras del genial compositor americano, Banderas de Nuestros padres representa el matiz cultural de Eastwood, su sensibilidad y una desbordante capacidad para generar emociones con su música. Sin duda, una forma personal de componer para cine y una manera única de conocer el séptimo arte.
Puedes conocer la lista con las mejores bandas sonoras de Clint Eastwood en el siguiente enlace: